Un entrenamiento de carrera – ¡SOY LIBRE!

Te voy a contar la historia, las sensaciones, durante un entrenamiento. Correr es el acto más simple y primitivo de la humanidad, pero asimismo es tan enriquecedor, te trae tantas evocaciones, tal vez por justamente ser tan primitivo y simple.

Escrito el 21 de junio de 2011, segundo año que empecé a correr.

Tenía que hacer un fondo largo y ya era tarde como para ir a algún parque, por lo que decidí ir por un camino que no era tan lindo, pero que me permitía experimentar  el viaje desde mi casa a uno de mis trabajos. Desde cerca de la estación Federico Lacroze, en Chacarita, Buenos aires, fui por Corrientes hasta el Obelisco.

Es hermoso sentir que uno llega a dónde quiere sin depender de colectivos, el subte o taxis, ni siquiera asistido por una bicicleta… Uno solo, sin ayuda, sin combustible, sin electricidad, sin ruedas… impulsado nada más ni nada menos que por nuestras propias piernas.

Puerto Madero
Puerto Madero, lo que encontré en el destino.

Ya se, podría haber calculado el tiempo que tardaría, pero no, no es lo mismo. Más allá de poder sumar los retrasos por los obstáculos del camino, nada se compara con sentir en carne propia que uno se supera a sí mismo, logrando hacer algo que hace poco tiempo le era imposible.

Trotando a un ritmo suave (6:43 minutos/km aproximadamente), con la dilación lógica provocada por semáforos y gente que ocupa toda la vereda, llegué en 50 minutos al Obelisco. En una hora estaba en Leandro N. Alem, y de allí en más ya no miré el reloj, sólo me dediqué a disfrutar para completar mi entrenamiento: me metí en Puerto Madero, crucé el Puente de la Mujer alzando los brazos como si hubiera llegado a la meta. Pero no, todavía faltaba y fui trotando bordeando los diques hacia  el Sur, luego volví al Norte hasta la altura de Avenida Córdoba, y otra vuelta para salir por la calle Perón. Y quedaba algo de tiempo… entonces una vuelta por el frente de la Casa Rosada, cruzar Plaza de Mayo, trotar por Avenida De Mayo, tomar Carlos Pellegrini hacia el Obelisco hasta que al fin el tiempo de 2 horas y 10 minutos se había cumplido.

Ahora a volver a casa, esta vez en el -¿bendito?- subterráneo, con la satisfacción de un entrenamiento cumplido, de haber disfrutado un hermoso paseo nocturno, y de haber experimentado trasladarme con mis piernas un trayecto que habitualmente lo hago con algún transporte público.

A partir de ahora, la próxima vez que haya un inconveniente con los transportes, no me preocuparé en buscar un taxi que finalmente tarda más de una hora y me sale mucho dinero, simplemente ajustaré mis cordones y saldré a trotar… ¡Eso sí, en la meta una duchita y cambio de ropa será bienvenido (por mí y por los demás)!

Gracias a que empecé a practicar carreras de fondo, ahora tengo la libertad de moverme por mis propios medios. Ahora me siento libre. ¡SOY LIBRE!

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